Emociones contagiosas
Tomar conciencia de lo que contagiamos puede transformar nuestras relaciones y nuestras vidas.
Cuando era pequeño me moría por ir a casa de mi abuela. Ir allí era divertido pero sobretodo era especial. Porque en aquella casa siempre pasaban “cosas”. Juegos, charlas, meriendas, historias… todo tipo de actividades maravillosamente orquestadas por ella, que hacía que todo pasase y todo fuera posible. En aquella época no hubiera podido decir por qué me fascinaban tanto aquellas visitas. Pero ahora, con la perspectiva del tiempo, se exactamente porque: mi abuela era una persona enormemente contagiosa. Nos contagiaba su energía, su alegría, su pasión por la vida. Salíamos siempre “contagiados de ella”.
Todos tenemos a nuestro alrededor gente que al poco de estar con ellos nos transmiten su energía y con quienes sin saber muy bien porqué nos sentimos bien. Pero también gente que, al relacionarnos con ellos y muy a nuestro pesar, nos deprimen, nos entristecen y nos consumen la energía que tenemos. Todo esto nos ocurre porque en nuestra relación con los demás, cada día y en cada ocasión, nos contagian sus emociones.
Una realidad científica.
El contagio emocional es hoy un hecho científicamente probado. Los estudios realizados han podido demostrar que quienes comparten espacios de relación, sea en el trabajo o en la vida personal, acaban compartiendo también los estados de ánimo y los sentimientos. Así, el enfado, la frustración o la ira ajenas, o en su caso el buen humor, el optimismo o la energía de los demás, se apodera de nosotros por puro contagio. Como afirma el profesor Sebastià Serrano, “las emociones saltan de una mente a otra como si nada, los sentimientos son contagiosos, mucho más que las ideas”.
La diferencia entre “un buen día” y “un mal día”
Si aceptamos la existencia del “contagio emocional”, no nos puede sorprender que muchas veces lleguemos al final del día inmersos en un determinado estado de ánimo al que a menudo no sabemos dar explicación: nos sentimos eufóricos sin motivo aparente, o tristes sin una causa objetiva que lo justifique. Y es que más allá de nuestro estado natural, son todas las emociones intercambiadas con los demás a lo largo del día las que determinan finalmente nuestro estado anímico, un estado que nos resulta a menudo irreconocible o extraño. Cuando decimos cosas como “he tenido un buen día”, o “hoy ha sido un día horrible”, estas expresiones no son ajenas a todo el entramado de emociones de nuestro entorno que nos contagian, y que al no ser un proceso consciente, no lo podemos controlar.
Una realidad cotidiana
El contagio emocional se produce constantemente en nuestra vida diaria. Estamos expuestos al contagio emocional de los demás, y ello incluye todo tipo de emociones, positivas y negativas. Podemos tener la suerte de contagiarnos de optimismo y afectividad, o ser víctimas inocentes de explosiones emocionales ajenas en forma de ira, enfado o rabia. Aunque como Daniel Goleman nos explica, no todos somos igualmente vulnerables o “contagiables”: Las personas más sensibles se contagian con mayor facilidad, mientras que las menos sensibles pueden sobrevivir al más tóxico de los encuentros sin sufrir grandes daños emocionales.
¿Somos nosotros contagiosos?
La gente nos contagia sus emociones, y bien poco podemos hacer al respecto. Pero ¿contagiamos nosotros a los demás?. Lógicamente la respuesta es que si. El contagio emocional es un camino de dos direcciones. Cada día, interactuando con la gente, les contagiamos algo. Todos nosotros tarde o temprano acabamos siendo fuente de contagio de alguna cosa. Podemos ser fuente de contagio de buen ambiente, de optimismo, incluso de afectividad, pero fácilmente podemos también ser fuente de contagio de mal ambiente, de conflicto, de negatividad, y transmitir impunemente todos estos sentimientos a los que tenemos a nuestro alrededor.
Tomar consciencia de lo que contagiamos.
El contagio emocional suele ser un proceso inconsciente, pero no necesariamente ha de ser así. Sería bueno que de vez en cuando reflexionáramos sobre qué es lo que contagiamos y que efecto tiene sobre la gente con la que nos relacionamos. Porque no es justo andar por ahí contagiando nuestras frustraciones, nuestro “mal rollo”, y nuestro mal humor a todos los que se cruzan con nosotros. Tomar conciencia del contagio emocional es algo que puede dar un giro de ciento ochenta grados a nuestras relaciones y a nuestras vidas. En primer lugar porque podremos hasta cierto punto protegernos de los contagios nocivos de los otros, evitándolos o tomando distancia. Pero sobe todo porque tendremos la oportunidad de dejar de contagiar accidentalmente emociones negativas, y elegir de forma consciente y deliberada lo que queremos contagiar. Todos preferimos relacionarnos con gente que nos “carga las pilas” más que con gente que nos consume energía. Elegir de forma consciente qué queremos contagiar nos ayudará a mantener mejores relaciones y nos hará tener mejores compañeros de viaje.
Contagios para toda la vida
Mi abuela –fuente inagotable de contagio positivo- nos dejó muy pronto. Yo todavía era un niño cuando la perdí. No se si ella era consciente de lo que contagiaba, pero lo hacía con generosidad, cada día de su vida. La verdad es que no he encontrado ninguna referencia ni en los textos de Goleman ni en ninguna otra biografía sobre la duración del efecto del contagio emocional. Pero a tenor de mi experiencia me atrevo a sugerir que si es un contagio constante, incansable, un contagio de “lluvia fina” como el de mi abuela, el efecto queda para siempre.