Escuchar con los ojos - El comienzo
Este es el capítulo introductorio y una parte del primer capítulo del nuevo libro "Escuchar con los ojos".
LA INTUICIÓN
—¿Descafeinado de máquina o de sobre?
(No me lo puedo creer. Hace diez años que bajo al mismo bar, diez años que pido el mismo café con leche descafeinado, y todavía me pregunta si lo quiero de máquina o de sobre.)
—De máquina, por favor. Corto de café y con la leche tibia.
Lo he dicho en tono cordial, incluso con una sonrisa en los labios. Porque lo cierto es que él no tiene ninguna culpa de que yo haya empezado el día con mal pie.
Todo ha comenzado esta mañana, cuando, nada más llegar al trabajo, me has preguntado si podíamos hablar. Te he contestado que sí, que claro, e inmediatamente nos hemos encerrado en mi despacho. «Te escucho», te he dicho. Y me he dispuesto a hacerlo. Pero mi predisposición no ha durado mucho. En cuanto has empezado a explicarme lo que pasaba, te he dejado con la palabra en la boca y me he puesto a hablar yo. Y, como siempre, no he parado. No he dejado de hablar hasta que tú, ajena a lo que te estaba diciendo, me has mirado a los ojos y me lo has soltado: “¿Por qué dices que me escuchas, si no lo haces?”
Me lo has dicho tranquilamente, sin alzar la voz, sin ninguna agresividad. Con el tono cansado de quien considera inútil el intento de que alguien rectifique, de quien sabe que hay cosas que no cambiarán nunca. Me mirabas fijamente a los ojos y arrugabas un poco la frente, como si buscases tú misma la respuesta a la pregunta que me acababas de hacer, una pregunta que me ha quedado bien grabada. Y eso ha sido todo: ante mi desconcierto, te has levantado y has salido del despacho con toda la naturalidad del mundo, convencida de que la razón estaba de tu parte.
Y ahora estoy aquí, sentado en la barra del bar, removiendo el café con leche, descafeinado, corto de café y con la leche tibia, intentando entender por qué me pasa siempre lo mismo. ¿Por qué pienso que te escucho cuando, en realidad, no lo hago?
Debo reconocer que no se trata de que no te escuche a ti, sino de que tampoco escucho a los demás. Siempre que venís a buscarme para plantearme algún problema, acabo hablando más de la cuenta y, por mucho que me esfuerce, no consigo que tengamos un intercambio provechoso, lo que debería considerarse una verdadera conversación.
Y tal vez sea éste el motivo por el que, en tu caso, después de más de cinco años siendo tu jefe, te conozca tan poco. Sé lo que haces en el trabajo, sé cómo trabajas, sé que los clientes te adoran y que eres una gran profesional, pero prácticamente no sé nada de ti aparte de los aspectos laborales inmediatos. No sé qué piensas ni cómo estás, ni si te gusta el trabajo, ni si te sientes cómoda aquí. Y, claro, aún sé menos acerca de cómo te va en tu vida privada.
—¿Tienes otro azucarillo, por favor?
(Sí, también hace diez años que le pido otro azucarillo, pero no importa.)
Quiero solucionarlo, y quiero hacerlo ya, sin dejar pasar más tiempo. Porque no quiero mantener una comunicación tan desastrosa ni contigo ni con ningún otro compañero o compañera.
Una prueba de que algo no va bien son las conversaciones que mantenemos cada fin de año, cuando hacemos balance del trabajo realizado. Se supone que tenéis que comentar y valorar cómo van las cosas, pero, en realidad, no puedo evitar intervenir al cabo de poco rato, y entonces centro la conversación, de manera que no os doy ni la más mínima oportunidad de decir lo que pensáis. Y si sólo hablo yo, ¿cómo puedo enterarme de cualquier dificultad que os haya surgido? ¿Cómo puedo ayudaros?
Cada vez que queréis hablar conmigo en privado, pasa lo mismo. Os recibo, digo que os escucho, y al cabo de cinco minutos habéis descubierto que no lo estoy haciendo.
Contigo, hasta ahora, tenía una buena excusa: creía que el hecho de que nuestra comunicación no funcionase del todo se debía a tu hermetismo. Pero me temo que las cosas no son exactamente así. Creo que el problema estriba en que, como has dicho claramente y sin tapujos esta mañana, lo que sucede es que no te escucho.
¿Y por qué no sé escuchar? Ésta es la pregunta que me hago una y otra vez, sentado en la barra del bar, con el descafeinado de máquina, corto de café y con la leche ahora ya fría, en la mano. Soy consciente de algunas de las cosas que no llevo bien y hacen que no te escuche, como por ejemplo creer, cuando entras en mi despacho, que sé lo que te pasa incluso antes de que me lo expliques. O querer darte siempre consejos y decirte lo que tienes que hacer, aunque no me lo hayas pedido. Sé también que a menudo tengo demasiada prisa cuando hablo con vosotros, y que esto hace que os preste muy poca atención o que esté pensando en mis cosas. Algo que me sucede muchas veces es que me concentro más en prepararme las respuestas que en escuchar lo que me decís. Todo esto es cierto, pero seguro que no es todo lo que ocurre. Debe de haber alguna otra razón que explique por qué no os escucho.
Llevo un buen rato aquí, dándole vueltas, aplazando el momento de subir a la oficina. Busco una solución, una manera diferente de hacer las cosas. Y vivo y revivo la película de nuestro encuentro de hace un rato, intentando comprender en qué punto exacto se ha roto la conversación. Visualizo la escena con nitidez: te veo a ti, sentada delante de mí, con la expresión seria pero serena, las manos cruzadas sobre la mesa, dedicando unos segundos a encontrar las primeras palabras para exponer de manera más clara lo que me quieres decir. Visualizo perfectamente todos los muebles y los objetos que nos rodean: la mesa, la silla vacía a tu izquierda, la estantería detrás de ti...
De pronto tengo una intuición. Tiene que ver con un objeto que hay en el despacho. Está en la estantería y, por lo tanto, ha formado parte de la escena de esta mañana. Se trata de algo que he tenido delante desde siempre y que tal vez por eso se me ha quedado grabado en la retina y ahora lo rememoro perfectamente.
Me acerco a la barra, con prisas, ahora sí, para volver a la oficina lo antes posible:
—¿Qué te debo, por favor?
(Sin duda, me lo podría haber ahorrado. También hace diez años que pago a diario el café con leche y sé perfectamente cuánto vale.)
Entro a toda prisa en el despacho y busco en la estantería el objeto de la intuición. Es un libro, concretamente un manual. En el lomo, con grandes letras plateadas sobre un fondo negro, leo el título: Manual de fotografía. El retrato.
Tomo el volumen y lo coloco sobre la mesa, Hace años que no lo abro. Fue uno de mis libros de referencia cuando estudiaba fotografía, pero me había olvidado de él por completo. Hojeo con cuidado las páginas, al tiempo que mi intuición va tomando cuerpo. Esto es lo que debo hacer contigo si te quiero ayudar: intentar hacerte un buen retrato. Como los que hice durante un período de mi vida, unos retratos que me descubrían fielmente el alma de las personas que aparecían en ellos.
La respuesta se encuentra en la fotografía y en las páginas de este antiguo manual. Hacerte un buen retrato será mi manera de aprender a escucharte y ayudarte de verdad. Dedico unos minutos a pensar en ello y dar forma a la idea. No tengo ninguna certeza de que vaya a funcionar, ni sé demasiado bien cómo hay que traducirla a la práctica, pero no tengo ninguna otra idea mejor, así que me fío de mi intuición. Quiero intentarlo.
1 - MIRAR POR EL VISOR
En casa de mis padres yo era siempre el fotógrafo, y eso me hacía vivir de una manera muy especial todo lo que sucedía. Cuando tienes una cámara en las manos ves las cosas desde un punto de vista muy diferente. Como fotógrafo, cambias de perspectiva. Dejas de participar en los acontecimientos y te conviertes en un privilegiado observador cuya tarea es escoger una porción de realidad que considere importante o significativa para dar testimonio de ella. No formas parte de la escena. No estás allí para formar parte de lo que sucede, sino para dejar constancia de ello a través de las imágenes.
Mirar la realidad a través de la pequeña ventana del visor es el primer paso para conseguir un buen retrato. Y esto es precisamente lo que me propongo hacer contigo: imaginar que soy tu fotógrafo y, de este modo, cambiar mi punto de vista. Dejaré de ser el protagonista para convertirme en tu observador.
He ido a buscarte a tu puesto de trabajo y, aunque no tenías ningunas ganas (lo he leído claramente en tus ojos y en la postura de tus hombros, un poco caídos hacia delante), has aceptado que hablemos otra vez, que volvamos a intentarlo, y ahora me sigues hacia mi despacho. Entramos, cierro la puerta y nos sentamos como habíamos hecho esta mañana, ocupando exactamente las mismas posiciones. Dejas descansar las manos cruzadas sobre la mesa y no dices ni media palabra. El fondo también es el mismo, pero en la estantería, detrás de ti, ahora hay un espacio vacío: falta un libro. Es el que tengo encima de la mesa, el que me servirá de recordatorio y guía para ayudarme a hacer las cosas de manera diferente.
Con los ojos clavados en la portada (donde se ve la imagen de una magnífica Leica M-3, un mito de la fotografía analógica), hago el ejercicio mental: tomo la cámara en un sentido figurado y te miro por la ventanilla del visor. El gesto es muy sencillo, pero el resultado es mágico, porque cambia completamente mi visión: si te observo a través del visor imaginario existes tú, y yo no existo. He desaparecido de la escena, y tú eres la única protagonista.
Te animo a volver a intentarlo, a que me expliques lo que querías decirme esta mañana. Me miras con recelo durante un brevísimo instante, pero al constatar mi expresión expectante empiezas a hablar con cautela, muy poco a poco. Yo te escucho e, inmerso en el rol de fotógrafo, centro toda mi atención en ti, consiguiendo el primer hecho relevante: se silencian mis voces interiores, callan mis pensamientos, enmudece el «ruido» interno que tantas veces me ha impedido escucharte. Esto me permite empezar a captar de verdad lo que me estás diciendo.
Y todavía voy más allá. En seguida constato que este nuevo punto de vista me permite verte con unos ojos diferentes. Porque mi instinto de fotógrafo busca captar con precisión la realidad del momento, y esto hace que te vea —quizá por primera vez en mucho tiempo— sin prejuicios, sin «etiquetas», tal y como te muestras en este preciso instante. Esta mañana, cuando hablábamos, no te veía a ti, sino lo que pienso de ti, la imagen que tengo de ti. Y esto ha hecho que, sin darme cuenta de ello, renunciase a mi capacidad de percepción.
Ahora, el visor de mi cámara imaginaria te enmarca y anula todo lo demás. Sólo existe lo que recoge la ventanilla. Desaparece el entorno, y esto también comporta que no haya posibles distracciones. El ejercicio me resulta útil para dejar de prestar atención a todo lo que nos rodea: el ordenador, el móvil, los papeles que tengo encima de la mesa, las voces que llegan desde el exterior... Todos los grandes «ladrones de atención» que tan poco me ayudan a escucharte.
Al parecer has superado tu recelo inicial. Te expresas con un tono más distendido, mueves las manos un poco más y hablas más deprisa. Me cuentas que no te encuentras bien en el trabajo, y que estás atravesando unos momentos difíciles. Que hace días que arrastras una fuerte angustia, y que sufres.
Escucho tu voz y, sobre todo, en mi ficción fotográfica, te observo. Te escucho con los ojos, porque te miro atentamente por el pequeño visor y, así, adquiero consciencia de todos tus gestos, de lo que expresa cada leve movimiento de tu cuerpo, de los matices de tu mirada. Lo que veo en ti me dice mucho más que tus palabras, y por primera vez tengo la sensación de que te estoy escuchando de verdad. (...)