Farsantes
Farsantes
Hace un tiempo tuve una airada discusión con una amiga. En el momento más álgido de nuestra disputa, me espetó: “parece mentira, con todos esos libros que escribes, podrías empezar por aprendértelos tu…”.
Sentí una punzada en el estómago.
A los pocos meses, recibí de una persona muy cercana un reproche similar. Y volví a sentir la misma punzada, cosa que me confirmaba que tenía dentro de mi un conflicto por resolver.
La semana pasada, releyendo uno de mis libros preferidos de John Powell, descubrí un episodio tremendamente esclarecedor: se trata de un episodio en el que el autor describe cómo un grupo de alumnos lo acusaban de farsante.
Powell, en un brillante diálogo con sus alumnos, les viene a decir que si ser farsante consiste en no practicar lo que uno predica, él se declara culpable. Pero que si ser farsante consiste en no creer lo que uno predica, se declara inocente. Dice textualmente: “Sí creo en lo que predico, pero no puedo practicarlo tal y como desearía”.
Yo, como Powell, me declaro farsante en el sentido de no saber siempre practicar lo que predico. Pero me declaro inocente de no creerlo.
Creo en lo que predico, y me esfuerzo por practicarlo, aunque no lo consigo siempre porque cambiar comportamientos es difícil. Es algo que requiere tiempo, y mucho esfuerzo, ya que tenemos que reprogramar conductos neuronales profundamente arraigados.
Pero merece la pena seguir intentándolo. Y ser hasta cierto punto indulgentes con nosotros mismos cuando cometemos un error, especialmente cuando este error se produce en nuestro entorno más personal, pues debido a la carga emocional que implica, es más fácil que nos equivoquemos.
No siempre somos capaces de practicar lo que predicamos, pero ello no nos convierte en farsantes, si honestamente lo creemos. Simplemente nos recuerda que somos humanos.
*La Felicidad es una tarea interior. John Powell. Sal Terrae, 1996.