Las cosas que no nos dijimos


Cierro la última página de la inspiradora novela de Francesc Miralles y Care Santos titulada “El mejor lugar del mundo es aquí mismo”, y recupero una frase que me ha impactado y que he subrayado:

“… y también sabía que mis padres se fueron sin despedirse. Y que eso no les dejaba marcharse. Ni a mi ser feliz…”

La frase me remueve porque mis padres, como los de la protagonista de la novela, se fueron sin despedirse; y muchas veces pienso que efectivamente eso no les deja acabar de marchar al menos de mi vida. Y me sugiere una reflexión alrededor de la cantidad de cosas que con aquellos que queremos nos dejamos por decir.

Dejamos sin pensarlo demasiado muchas conversaciones pendientes, muchos sentimientos no expresados, muchas agradecimientos no dados, y muchos pequeños conflictos no cerrados, pensando que ya tendremos ocasión de ver a aquella persona mañana, o la semana que viene, o el mes que viene, y que podremos decirle lo que le queríamos decir o solucionar lo que queríamos solucionar.

Pero la realidad es que no siempre es así. Porque desperdiciamos las siguientes ocasiones, o porque en algunos casos simplemente no hay una ocasión posterior. Y eso es algo que quienes lo hemos experimentado lo tenemos muy presente.

Me viene a la memoria una frase leída en el libro de Eugene O’Kelly, “Momentos perfectos”, en el que el autor describe su larga despedida de este mundo después de serle diagnosticada una grave enfermedad. Dice:

“Debemos expresar explícitamente nuestros sentimientos, ya que nadie sabe cuándo vamos a dejar de tener esa oportunidad”.

Sigo ahondando en el tema y recuerdo que hace unos años, tuve una discusión con una persona muy querida, y acabamos la velada fuertemente enfrentados y con muy mal sabor de boca. A la mañana siguiente, esta persona cogía un avión para volver a su casa, y hacía una violenta tormenta. Y recuerdo perfectamente que un fugaz pensamiento me cruzó por la cabeza: ¿Y si el avión tuviera un accidente? ¿Nos quedaríamos con ese mal recuerdo? Me prometí a mi mismo (y reconozco que muchas veces no lo consigo) no dejar nunca una conversación con alguien querido en un punto tan malo.

Porque con alguien que perdemos siempre podemos tener la sensación de habernos dejado muchas cosas por hablar, pero lo que no deberíamos es dejar conflictos por cerrar.

Y añado un apunte final que recoge una frase de un libro que guardo de cuando era pequeño. Dice:

“Estábamos un millón de años más allá de las palabras. No había ni una sola palabra que sirviera, ni de lejos, para ese momento”.

Es cierto. Lo que sentimos no siempre tenemos que decirlo. Hay en las buenas relaciones preciosas y mucho más efectivas maneras de expresarlo.


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