Sobre la humildad


Cuenta Robert Fisher en un breve relato de su libro “El caballero silencioso”:

“Me dispongo a caminar sobre una cuerda tensa y movediza. En un extremo se encuentra la arrogancia, en el otro la humildad. Al expresar la humildad que puedo haber aprendido, debo entrar en la arrogancia al describir cuán humilde soy”.

Explica que un día oyó que lo calificaban de humilde, y que nunca se lo había planteado, y que le gustó. Y que cuanto más pensaba en ello, más empezó a dejar de sentirse humilde.

“Estaba tan orgulloso de mi humildad que quedé atrapado en el orgullo de ser humilde”

La humildad es una virtud que no se cuenta, se practica. Uno no puede decir que es humilde. Cuando lo dice ya está dejando de serlo. Pero uno puede sencillamente serlo, y se notará en cada acto de su vida. Y ¿Qué hace una persona humilde?

En primer lugar, vivir queriendo aprender:

“Cuando creemos que lo sabemos todo, no nos queda lugar para aprender nada más. Pero si sabemos que no sabemos nada, tenemos espacio para aprenderlo todo”.

En segundo lugar, sorprenderse de los halagos.

Cuando alguien habla bien de nosotros, y no es algo obvio para nosotros mismos, es que eso lo estamos haciendo desde la humildad, no desde la búsqueda del reconocimiento. No es lo mismo hacer algo porque soy así, que porque quiero que me digáis que soy así.

Y en tercer lugar, no juzgar a los demás.

“Observé que la arrogancia va de la mano con los juicios. Mis juicios no sólo se basaban en querer tener razón, sino también en la ansiedad y el temor de que aquello que yo tenía para aportar no fuera debidamente reconocido”.

Y un apunte final: no confundamos humildad con falsa modestia (que es cuando negamos, para quedar bien, un halago que en el fondo buscamos); ahí es en dónde, al creernos humildes, estamos siendo profundamente arrogantes.

* Citas de Robert Fisher de: “El regreso del caballero de la armadura oxidada” y “El Caballero Silencioso”.


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