¿Es la sinceridad una virtud?


Ir “con la verdad por delante” no es siempre la mejor estrategia en nuestras relaciones. La sinceridad debe ser administrada a la dosis justa, en función de lo que la otra persona pueda asimilar.

Hace unas semanas viví una situación que me llamó poderosamente la atención. Había quedado para cenar con un amigo y como suele pasarme llegué al restaurante con quince minutos de anticipación. Me acomodaron en una pequeña mesa para dos. En la mesa de al lado, a unos escasos 40 centímetros, tenía a una pareja a los que les acababan de servir el postre. Mientras esperaba a mi amigo, no pude evitar prestar cierta atención a la conversación que mantenían. La mujer, en un tono recriminatorio, le estaba echando en cara al hombre algo que había sucedido la semana anterior, mientras él, con la mirada baja y retorciendo la servilleta en sus manos, aguantaba el chaparrón. Al acabar, le dijo: “lo siento, pero te lo tenía que decir. Ya sabes que soy muy sincera...” Tras una pausa que a mi se me hizo eterna, él le contestó algo así como: “No se si me lo tenías que decir, lo que sí se es que ha sido mucho más de lo que yo estaba preparado para escuchar” tras lo cual se levantó, y sin más explicaciones abandonó el local. El camarero llegó con dos cafés, que dejó discretamente encima la mesa. Me sentí terriblemente incómodo. Era evidente que la escena no me había pasado desapercibida, y no me atrevía a mirarla a ella. Afortunadamente llegó mi amigo, que sin saberlo me salvó del aprieto. Nos pusimos inmediatamente a conversar.

Aquella noche me vino de nuevo aquella escena a la memoria. Me sentía perfectamente reflejado en ella. Cuántas veces había oído aquellas malditas palabras: te lo TENGO que decir...

La sinceridad: un valor interpersonal.

Cuando pensamos en la sinceridad, pensamos invariablemente en términos de virtud. Pero lo cierto es que no siempre lo es.

La sinceridad no es una virtud personal. Sólo puede ser virtud entendida y ejercida como valor interpersonal, es decir, teniendo en cuenta lo que la otra persona puede asimilar. Cuando en nombre de la sinceridad decimos todo lo que pensamos, sin reparar en el efecto de nuestras palabras, nuestra sinceridad no sólo deja de ser virtud, sino que puede poner en peligro nuestra relación con los demás.

La sinceridad exige tener el valor de decir lo que uno piensa, pero como nos recuerda André Maurois, no necesariamente se tiene que decir todo lo que uno piensa. Decirlo todo, sin más y sin tener en cuenta las consecuencias de lo que decimos es una sinceridad malentendida. Para ser genuinamente sinceros, al valor de decir lo que pensamos, hemos de añadir la percepción de hasta dónde podemos llegar con nuestras palabras para no herir al otro. Siendo despiadadamente sinceros con alguien que no está preparado, no sólo corremos el riesgo de que nuestras palabras caigan en saco roto, sino que podemos abrir una gran brecha entre los dos. Y por descontado, por más loables que sean nuestras intenciones, no estaremos ayudando al otro en absoluto.

Ser sincero significa además de estar dispuestos a decir lo que pensamos, preguntarnos en cada momento que efecto producirá en el otro lo que vayamos a decirle, y asegurarnos de que está preparado para recibir cada dosis de sinceridad que le administremos. Significa estar razonablemente seguros que puede recibir nuestras palabras como una ayuda para entenderse mejor y una oportunidad para crecer. Sólo así nuestra sinceridad será una virtud y contribuirá positivamente a la relación.

Crítica y sinceridad.

Solemos utilizar la crítica –crítica constructiva, como nos gusta llamarla- para expresar lo que pensamos de los demás. Sin embargo, si queremos que nuestra sinceridad ayude de verdad al otro, debemos evitarla a toda costa y sustituirla por una observación.

Hay una diferencia sustancial entre hacer una observación y hacer una crítica. Mientras que la observación es una descripción en primera persona de algo que percibo o siento, la crítica implica inevitablemente un juicio al otro. Si –por ejemplo- alguien me levanta la voz, tengo dos opciones: puedo manifestarle que su tono de voz me resulta agresivo, o puedo decirle que es un histérico. En el primer caso, se trata de una observación sobre su comportamiento y el efecto que a mi me produce. En el segundo, se trata de un juicio puro y duro a la persona que tengo delante. Con la primera opción, mi sinceridad expresada en forma de observación puede ayudar a que el otro cambie su comportamiento y baje el tono. Con la segunda, mi sinceridad en forma de crítica es difícil que sea aceptada por el otro, y provocará un alejamiento entre los dos.

La expresiones naturales de la sinceridad deberían ser las observaciones. Sería bueno que sustituyéramos la crítica a los demás por observaciones expresadas en primera persona. Con la crítica y en nombre de la sinceridad podemos muchas veces herir a los demás, y como nos recuerda John Powell “herir es el camino más eficaz para mantener la distancia entre la gente”.

¿Se lo digo, o no se lo digo?

Hay gente que siente la necesidad de decir todo lo que piensa a los demás. Amparados en la sinceridad, nos corrigen y juzgan constantemente. “Te lo digo para ayudarte” nos advierten. Pero lo cierto es que los tenemos todo el día pendientes de nosotros, a la espera de podernos echar en cara cualquier error. A esta tarea constante de hacernos notar nuestros errores, se suma generalmente una percepción estática y limitada sobre nosotros, fruto de las “etiquetas” que nos hayan puesto en el pasado. Y todo ello disfrazado de virtuosa sinceridad...

Asumir la vocación de hacer ver a los demás sistemáticamente sus errores, nos hace unos pésimos compañeros de viaje, una compañía incómoda, y es muy probable que no nos aguanten mucho tiempo.

Además, hacer ver a los demás sus errores es una actitud cuan menos arrogante: ¿Qué sabemos nosotros de los demás? ¿Cómo podemos juzgar sus motivos o sus comportamientos? Como seres humanos únicos e irrepetibles, cada uno de nosotros somos expertos sólo en nosotros mismos, y deberíamos actuar en consecuencia, no pretendiendo saberlo todo de los demás. Nuestra única motivación de ser sinceros con los demás, de decirles lo que pensamos debería ser ayudarles en su crecimiento personal. Y echarles en cara constantemente sus errores difícilmente ayuda.

Todo a su tiempo.

Entender la sinceridad como virtud interpersonal, pensando en el otro y en las consecuencias de nuestras palabras, significa también no tener prisa por decir las cosas, saber escoger el momento y el entorno oportunos y sobretodo saber parar a tiempo. Ser auténticamente sincero conlleva un gran esfuerzo de empatía, de estar dispuesto a “acompañar” al otro en su crecimiento, de no herirle ni “machacarlo vivo”.

Tenemos muchas veces la urgencia de “decirle todo lo que pensamos” al otro, porque nos parece que “no se da cuenta”, o que “le abriremos los ojos”. Todas estas son expresiones comunes a la hora de aplicar nuestra muchas veces mal entendida sinceridad. Lo cierto es que nuestra urgencia es irrelevante frente a la correcta percepción que necesariamente hemos de tener de si el otro puede o no recibir toda nuestra sinceridad.

No tengamos prisa. No intentemos decirlo todo hoy. Resolverlo todo hoy. Vayamos paso a paso. A la velocidad que nos marque el otro. Seremos genuinamente sinceros si somos capaces de administrar la sinceridad sin prisas, a pequeños sorbos.

Sinceros con nosotros mismos

Hablamos mucho de la sinceridad de los otros, o de nuestra sinceridad con los demás, pero si queremos practicar de verdad la sinceridad deberíamos empezar por preguntarnos si somos sinceros con nosotros mismos. Y ello significa, en primer lugar, dejar de encontrar siempre excusas para nuestro comportamiento, y dejar de pasar la responsabilidad de lo que nos sucede a los de fuera o a las circunstancias. Somos capaces de elaborar en nuestra mente las más fantásticas explicaciones para justificar nuestros actos, pero Powell nos previene de forma clara: “El uso de la inteligencia para negar la verdad nos hace insinceros con nosotros mismos”.

Empecemos a aplicar la sinceridad con nosotros mismos. Una vez hayamos probado la medicina, y le conozcamos su poder terapéutico pero también su amargo sabor si nos pasamos, podemos empezar a administrarla sabiamente a los demás.

Fomentar la sinceridad

Todos tenemos a nuestro alrededor gente insincera. Con ellos mismos y con los demás. Gente a la que nos gustaría “cambiar”. Sin embargo es muy difícil poderlo hacer. La sinceridad es una actitud, y como tal no es fácil de explicarla o de convencer de ella a los demás.

Lo que si podemos hacer –como con todas las actitudes- es contagiarla. Puedo esperar que mi sinceridad para conmigo mismo ayude a los de mi alrededor a ser sinceros consigo mismos, y consecuentemente con los demás.

Algunas de estas cosas me hubiera gustado decírselas a mi vecina del restaurante. Hacerle notar que su actitud era equivocada, que no ayudaba. Aquella noche, después de la marcha de su pareja, todavía pasó un buen rato sentada en la mesa apurando su café. La oí llamar con su móvil, y decirle a su interlocutor algo así como “... ya sabes, hay gente que no soporta la verdad, pero es su problema”. Quizás sí. Pero lo único cierto al final de esta historia es que ella, con toda su sinceridad, estaba sola.


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