Interferencias emocionales

Interferencias emocionales

Teletrabajo. Te concentras . Te aíslas mentalmente de las mil distracciones y excusas (un café y empiezo, una mirada a los titulares de prensa y empiezo…) y de verdad empiezas.

Y te suena el aviso de un WatsApp. Lo ignoras pero sabes que ha llegado, y en una micropausa lo lees. Y es demoledor. El padre de tu amigo ha fallecido. El maldito coronavirus. Y te pilla desprevenido.

Intentas ignorarlo, reemprender el trabajo, pero se te hace imposible. Te asaltan imágenes, recuerdos, vivencias…

Nos está pasando cada día. Y no podemos hacer nada por evitarlo. La neurociencia nos explica que hay una forma de “anestesia emocional”: un circuito que estimula la concentración y nos ayuda a desconectar de las emociones. Podemos intentarlo (es lo que están teniendo que hacer muchos sanitarios estos días durante un determinado tiempo). Pero no es seguro que lo consigamos, y lo que sí es seguro es que la emoción volverá, y es bueno que vuelva.

Y cuando vuelva sólo podemos hacer una cosa: mirarla a los ojos. Interrogarla. ¿Qué me cuenta? ¿Habla de mis miedos? ¿Habla de cuando yo perdí a mis padres? Sólo así la proceso. Sólo así la digiero. Y podré hacer la llamada que tengo que hacer a mi amigo, o mandarle el mensaje que le tengo que mandar.

Vivimos tiempos de mil interferencias emocionales, y yo soy especialmente partidario de prestarles atención, unos minutos al menos y aunque sea provisionalmente. Aplazar un trabajo que estoy terminando, o una videollamada que empieza en 3 minutos. Respirar, tomar consciencia, y volver. Anotar en mi cabeza que la he dejado en el cajón de “pendientes” y retomarla en algún momento. Porque si vuelve ella sola, y por voluntad propia, es posible que vuelva en el peor momento.

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