¡No soporto la crítica!

July 20, 2009

La mayoría de nosotros recibimos la crítica como una agresión. Sólo una pequeña minoría la recibe como una oportunidad de crecimiento. ¿Por qué nos afecta tanto la crítica?

 

“Eres demasiado impulsivo. Has de aprender a controlarte…” La última vez que mi antiguo jefe me dijo estas palabras, lejos de interiorizarlas o reflexionar sobre ellas, de plantearme si tenía razón o no en lo que me decía, y de considerar si me había comportado correctamente o no, lo que hice fue fantasear sobre cómo estrangularlo allí mismo en su despacho. Esto demuestra dos cosas: que, en efecto, soy impulsivo, y que aquella crítica no la estaba recibiendo nada bien. De hecho, no me estaba ayudando en absoluto. El punto álgido de mi ira fue cuando añadió la frase mágica, aquella con la que terminan la mayoría de las críticas: “Te lo digo por tu bien…”

 

¿Cómo nos afecta la crítica?

 

No todos reaccionamos igual ante la crítica, pero lo cierto es que la mayoría de nosotros la llevamos mal. Si atendemos a las estadísticas, encontramos que ante un comentario crítico, un 70% de la gente reaccionará sintiéndose herida. Un 20% la rechazará negándola. Y tan sólo un 10% reflexionará serenamente, la interiorizará y decidirá si debe o no cambiar alguna conducta. Así pues, a la inmensa mayoría de los mortales (un 90%) la crítica nos afecta, y no está nada claro que nos ayude en nuestro crecimiento.

 

Tampoco todas las críticas son iguales y por tanto producen el mismo efecto: si se trata de una observación (te comunico cómo me afecta a mi algo que tu has hecho o algo que ha sucedido), las posibilidades de que sea bien recibida aumentan considerablemente. En cambio, si la crítica implica un juicio (te digo lo que pienso de ti, colgándote una “etiqueta”) casi seguro que sentará mal.

 

En cualquier caso, el motivo de que nos afecte tanto la crítica (especialmente la que implica un juicio personal) debemos buscarlo dentro de nosotros, ya que no es otro que nuestra inseguridad. Cuanto menos seguros estemos internamente, más vulnerables seremos a la crítica. Si yo estoy seguro de mis habilidades, mis capacidades, o de cómo soy, tu crítica tiene pocas posibilidades de hacer mella en mi. Si dudo de mi mismo, de lo que hago, de cómo hago las cosas, tendré pánico a la crítica y la viviré como una verdadera agresión. La prueba de ello es que somos mucho más vulnerables a la crítica en aquellas áreas vitales en las que todavía no hemos desarrollado una completa seguridad. En mi caso, cuando empecé a dar mis primeras charlas, y a impartir mis primeras sesiones de formación, vivía con pánico la evaluación de mi auditorio o mis alumnos. Podía tener diez fantásticos comentarios contra uno de negativo, que éste último me torturaba toda la noche… Ahora, (y con todo el respeto y cariño hacia mis alumnos), no me preocupa tanto su opinión, me tomo las evaluaciones de forma muy diferente. Las estudio con detenimiento para buscar puntos de mejora, y me ayudan a aprender. Una cierta seguridad interna que estoy desarrollando ya me permite recibir algún que otro jarro de agua fría, sin que me duela.

 

¿Ayuda la crítica?

 

Esta es la pregunta que a menudo nos formulamos. Y hay opiniones para todos los gustos. Desde los acérrimos defensores de la crítica, que la consideran la única forma posible de progreso en nuestra vidas, hasta los firmes detractores, que le niegan bondad alguna. En mi opinión, cuando la crítica implica un juicio a la persona la respuesta es clara: no ayuda. Y el motivo es que recibimos los juicios como un ataque, y ante un ataque dejamos de actuar serenamente desde nuestra consciencia. Actuamos visceralmente, y lo único que hacemos es huir o contraatacar, pero lo que es seguro es que no hay lugar para el aprendizaje en este intercambio. Cuando la crítica no implica un juicio, sino que se limita a una observación, sí puede ayudar. Pero hemos de ser cuidadosos para que no se nos “cuele” en nuestra observación un juicio encubierto.

 

Hemos inventado un término que nos permite ser críticos teniendo una buena excusa formativa: la “crítica constructiva” . Es aquella crítica que hacemos para el bien del otro, para ayudarle a mejorar. He de decir que desde el punto de vista literal, el término “crítica constructiva” simplemente no existe. Las palabras “crítica” y “constructiva” son antagónicas. Las críticas, entendidas como tales, no construyen nada. Lo que ocurre es que utilizamos el término “crítica constructiva” para nombrar a las “observaciones”, o sea a las impresiones personales respecto a un hecho que realizo sin juicio alguno a la persona. Y las observaciones sí ayudan, y mucho. Cambiemos pues críticas por observaciones, y podremos añadir legítimamente el adjetivo “constructivas”.

 

Críticos con los demás

 

No soportamos que nos critiquen, pero no dejamos de criticar a los demás. Es interesante conocer que es precisamente con los que más queremos con quienes somos más críticos. Solemos decir que es porque les tenemos más confianza, pero me temo que en el fondo es porque son los que más queremos que sean como nosotros pensamos que tienen que ser. En cualquier caso, es precisamente a los que sentimos más próximos a quienes no perdonamos ni una.

 

También es cierto que somos especialmente críticos con todo aquello de lo que secretamente nos acusamos. Si en el fondo nos sabemos impulsivos, y no nos gusta, nos faltará tiempo para criticar la impulsividad de un compañero. Quien manifieste los comportamientos que más nos molestan de nosotros mismos será quien esté permanentemente en nuestro punto de mira. En este sentido, se podría afirmar, en alusión al dicho popular, “dime qué criticas y te diré de qué te acusas”.

 

No podemos obviar en este punto la crítica derivada de nuestro pecado capital favorito: la envidia. La envidia es fuente de crítica gratuita, de crítica corrosiva y malintencionada. Pero es quizás por ser previsible e infundada que a esta crítica no le prestamos especial atención, y es a la que somos menos vulnerables.

 

Mi seguridad no es tu seguridad.

 

Hemos comentado que el principal motivo por el que nos afecta la crítica es nuestra inseguridad. Por tanto, el trabajo para ser inmunes a ella debería ir en la dirección de construir y desarrollar nuestra seguridad. Será nuestra gran coraza que nos protegerá de cualquier agresión en forma de crítica, venga de donde venga, y sea por el motivo que sea. Sería deseable que como adultos, todos tuviéramos desarrollada nuestra seguridad al límite de que no nos afectara nada de lo que recibimos desde fuera. En este contexto, no cabría la crítica como agresión, porque simplemente no nos afectaría.

 

Pero lo cierto es que cada persona nos encontramos en una etapa distinta de nuestro crecimiento, y hemos desarrollado un nivel de seguridad interna distinto. Por tanto, a todos nos afectará la crítica de modo distinto. En este contexto, ser más o menos crítico con la gente no debería ser una actitud personal de uno, sino que deberíamos ser más o menos críticos en función de la seguridad que percibamos en la persona a quien dirigimos la crítica. El nivel de crítica no depende de mi. Depende del otro. Y lo que es seguro es que cuando el otro la recibe como una agresión, no la aprovechará en absoluto. Se mostrará reactivo y nada receptivo, con lo que no le será en absoluto de ayuda.

 

Como nos recuerda John Powell, “la mejor forma de mantener la distancia entre la gente es herir” y una crítica, para quien no está preparado para recibirla, hiere.

 

Halagos en público, críticas en privado.

 

Abogaré de nuevo por la conveniencia de sustituir críticas por observaciones, es decir, por impresiones que no contengan juicio alguno a la persona. Así y todo, si las observaciones inciden sobre aspectos en que el otro puede mejorar, deben hacerse siempre en privado, y jamás delante de los demás. La sensación de “linchamiento público” es devastadora para la motivación y para la autoestima. La norma es bien sencilla: hacer los halagos en público, y reservar las críticas para la intimidad del despacho cerrado.

 

La crítica en público produce, además del efecto negativo para la persona que la recibe, un efecto contraproducente para el grupo en su conjunto, y es que todos temerán, a partir del momento en que la oigan, que un día les toque a ellos. Es una de las formas de minar la confianza dentro de un grupo, y de crear distancia con la gente.

 

¿Tenemos que aguantar siempre las críticas?

 

Lo cierto es que, queramos o no, siempre estaremos expuestas a ellas. Estadísticamente, en cualquier actividad que hagamos, siempre habrá un 10% de la gente a quienes no les gustaremos o no estarán de acuerdo con nosotros. Quienes realizamos trabajos de formación o nos exponemos a auditorios, lo sabemos bien. Y lo normal es que siempre se alce una voz dispuesta a hacérnoslo saber.

 

Por tanto, no las podremos evitar. Pero lo que sí está en nuestras manos es no reaccionar a ellas, y este es un ejercicio que sí está en nuestras manos.

 

No se tratará por tanto de evitar que me critiquen, sino de evitar que la crítica me afecte lo más mínimo. Lo lograremos si somos capaces de escucharlas serenamente, decidir si tienen o no sentido, y decidir si de ellas puedo extraer alguna enseñanza. Son muchos los que sostienen que se aprende de la crítica (yo les diría de las observaciones), pero este aprendizaje sólo ocurre si somos capaces de situarnos entre este 10% que ni se siente agredido ni las rechaza.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación