¿Distancia o implicación emocional?

June 5, 2010

Cuando nos cuentan un problema a menudo nos debatimos entre mantenernos a distancia o implicarnos emocionalmente. ¿Es bueno implicarse? ¿Hay alguna alternativa?

 

Hace unos años mi padre tuvo una grave enfermedad de corazón. Le operaron de urgencia para sustituirle una válvula cardiaca. La operación fue bien, pero una complicación pulmonar lo mantuvo durante más de un mes sedado en la UCI, con respiración forzada, debatiéndose entre la vida y la muerte.

 

Durante aquel largo mes, fuimos a visitarlo y a recibir el parte médico a diario. Acudíamos al hospital con el corazón encogido, y nos desesperábamos ante la frialdad del medico que, con explicaciones llenas de tecnicismos unas veces, o con la ausencia total de explicaciones otras veces, no nos daba ningún mensaje que nos reconfortara.

 

Lo comenté con una amiga que trabaja en un gran hospital, y me dio una explicación que tenía todo el sentido del mundo. “Se trata una UCI post-quirúrgica” –me dijo. “la mitad de los pacientes fallecen. Imagínate si los médicos se implicaran emocionalmente en cada caso. No podrían hacer su trabajo...”.

 

Tenía razón y lo acepté. Pero reconozco que aquella explicación no me solucionó nada. Yo seguía sintiéndome fatal ante la aséptica comunicación de un médico al que sabía un excelente profesional, pero que sentía a una enorme distancia de nosotros.

 

Compartía a menudo mi desesperación con mis amigos, hasta que uno de ellos me dio la clave: “Es cierto que el médico no se puede implicar” –me confirmó- “pero entre la implicación emocional y la distancia hay un camino intermedio: la empatía. Consiste en que él capte tu angustia, y sin hacérsela suya pero si te comunique que la capta”.

 

“¿Cómo lo hará?” –me apresuré a preguntarle- “Modulando su comunicación acorde con tu angustia” –me respondió.

 

No tuve nunca el valor de pedírselo al médico. La suerte es que el cirujano jefe, al que podíamos ver semanalmente, sí lo entendía así, y sí se comunicó con nosotros haciéndose eco de nuestra angustia.

 

¿Me implico o no me implico?

 

Cuando nos cuentan un problema, especialmente si lo hace un familiar o alguien muy cercano, es habitual que nos impliquemos emocionalmente. De hecho es lo que muchas veces se espera de nosotros. Sin embargo, implicarse emocionalmente en los conflictos de los demás, por cercanos que sean, no es bueno. En primer lugar porque nos contagiamos de su estado de ánimo, con lo que, presos de las emociones, dejamos de ver objetivamente las cosas y perdemos la capacidad de ayudarles. Y en segundo lugar, porque si lo hacemos por sistema, acabaremos sufriendo un desgaste emocional que tendrá sus consecuencias en nuestra salud y en nuestro ánimo.

 

La implicación emocional en los problemas de los demás no es una buena manera de ayudarles. Sin embargo, mantener la distancia tampoco es la solución. Distanciarse de un conflicto que nos cuenta alguien nos convierte en personas frías, desinteresadas por los demás. Parece, a los ojos de los otros, que no nos incumben sus problemas. Aunque sin duda es una actitud que nos protege emocionalmente, no ayuda en absoluto en la relación personal.

 

Hay una tercera vía que puede ser de gran ayuda para los demás, y que puede protegernos a nosotros mismos razonablemente: la empatía. Es una respuesta que conecta emocionalmente con el otro, sin que haya por nuestra parte un desgaste emocional, y sin que altere nuestra percepción o peligre nuestra objetividad. Pero para practicarla debemos entender, en este contexto, de qué hablamos cuando hablamos de empatía.

 

La empatía: Captar no es sentir

 

Muchas veces he visto definida la empatía como “la capacidad de sentir lo que el otro siente”. Esta no es ciertamente la empatía que buscamos cuando nos enfrentamos a los problemas de los demás, porque el contagio del sentimiento –un hecho científicamente demostrado y que ocurre espontáneamente si no ponemos ciertas barreras- nos incapacitará para la ayuda. Sugiero una definición alternativa, que consiste en considerar la empatía como la capacidad de captar lo que el otro siente y añado una coletilla fundamental: y de comunicarle que lo capto.

 

Esta es la forma que tenemos de no resultar fríos y asépticos ante los demás, y sin embargo no cargar con el peso emocional de los problemas ajenos.

 

Para desarrollar esta empatía son fundamentales dos cosas: en primer lugar, ser capaces de captar el estado emocional de los otros. Lo conseguiremos escuchando lo que nos dice, pero sobretodo prestando atención a cómo nos lo dice. Para captar los sentimientos, el tono de la voz y las expresiones en lenguaje no verbal (la mirada, los gestos, la posición del cuerpo...) son mucho más importantes que todo lo que la persona a la que escuchamos nos pueda decir. Debemos escuchar con los ojos, y captar las discrepancias entre lo que nos dicen las palabras y lo que nos comunican los gestos.

 

Y en segundo lugar, hemos de ser capaces de comunicar al otro que captamos su sentimiento. Será la forma en que notará nuestra proximidad, y se sentirá comprendido. Será también la forma en que saldremos de la frialdad que podría suponer el hecho de no implicarnos en su problema.

 

Tenemos muchas formas de hacerlo, algunas más explícitas que otras, pero lo fundamental será el modo en que interactuemos con el otro. La mejor forma de demostrarle que captamos su estado emocional será comunicarnos con él utilizando las palabras, el tono y los gestos adecuados a la situación que nos esté describiendo y a las emociones que esté sintiendo.

 

Separando el pensar y el sentir

 

La empatía es enemiga de los juicios. No se basa en la razón sino en la emoción. Así, la vía de la empatía no contempla jamás la crítica, y precisa de la completa aceptación del otro en el momento psicológico en que se encuentre, sin prejuicio alguno, y dejando de lado nuestra opinión.

 

Hay quien construye verdaderas tesis escuchando a los demás. Quien busca constantemente las contradicciones y disfruta “pillando en falso” al otro. Y quien aprovecha la ocasión para aleccionar a los demás haciendo gala de principios éticos y comportamientos ejemplares. Todo ello está muy lejos de la escucha empática: de hecho no es más que otra forma de mantener una insalvable distancia.

 

A través de la empatía no emitimos ninguna opinión. Nos limitamos a expresar al otro que captamos su sentimiento en toda su intensidad, y que estamos con él en el estadio en que se encuentre dentro de su experiencia vital.

 

Cazadores al acecho

 

Hay gente que va por la vida con un gran gancho, mirando de engancharnos a la mínima. Quieren que nos impliquemos en sus problemas, en sus emociones, quieren que sintamos lo que sienten, que lo vivamos con ellos. Que les demos la razón y la consiguiente aprobación de sus conductas. Si caemos en ello, estaremos siempre enganchados. Acudirán a nosotros sin tregua, generándose relaciones de dependencia. Seremos víctimas de una relación tóxica, que a nosotros nos resultará agotadora, y a los demás los perpetuará en su falta de crecimiento.

 

Si los queremos ayudar de verdad, debemos abstenernos de caer en sus garras. Debemos evitar la implicación emocional, y guardarnos muy mucho de darles sistemáticamente la razón. Lo que más les ayudará –aunque ellos busquen desesperadamente nuestra implicación- es que estemos emocionalmente a su lado, escuchándolos y comprendiéndolos, pero sin manifestar nuestra opinión.

 

Cuando somos nosotros los que necesitamos ayuda

 

Muchas veces seremos nosotros los que buscaremos a alguien a quien contar nuestros problemas. Cuando lo hagamos, no busquemos a quien nos lo resuelva, o quien sufra con nosotros el conflicto. Busquemos a quien nos pueda hacer de espejo, reflejándonos fielmente lo que sentimos. Quien nos deje expresarnos sin restricciones, ayudándonos así a que encontremos nosotros mismos las soluciones. Si no lo hacemos así, los conflictos no nos ayudarán a crecer.

 

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación