Amistades de verano

July 25, 2010

Es verano, cambiamos de aires, de paisaje... y de amigos. Recuperamos o iniciamos relaciones que se limitan a los días de vacaciones. Son relaciones a veces efímeras pero muy valiosas. ¿Sabemos mantenerlas vivas?

 

Desde hace treinta y siete años paso el verano en el mismo pueblo y cada año, desde que llego hasta que me marcho, tengo la ocasión de recuperar amistades que el invierno ha adormecido. Con algunos de ellos hemos crecido juntos. A algunos los he conocido hace pocos años. Mis amigos veraniegos incluyen un pescador, que además de gran amigo es mi vecino, y aunque pasamos relativamente poco tiempo juntos (es precisamente en verano la época en que más trabajo tiene), nos sabemos cerca y nos tenemos cuando nos necesitamos.

 

Incluyen también aquellos a quienes, como a mi, nuestros padres nos llevaron con diez años a veranear al pueblo, y que ahora somos nosotros quien llevamos a nuestros hijos. Somos todos de la misma ciudad, pero sólo nos vemos en verano. El resto del año no tenemos prácticamente contacto.

 

Se cuentan entre ellas un médico con el que tenemos una cena ritual cada año, una velada que nació fruto del agradecimiento por su ayuda, y que se mantiene inalterable desde hace ocho años.

 

Y si, tengo que reconocerlo, he tenido también algunas amistades interesadas. Al menos en algunos momentos.

 

Siempre dejo el pueblo con la determinación de mantener el contacto con algunas de estas amistades, cosa que no hago en absoluto, y lo dejo también con el temor de que alguna la pierda el año siguiente, cosa que afortunadamente y hasta la fecha no ha ocurrido nunca.

 

Se cuentan entre mis amigos de verano algunas de las amistades más sólidas y valiosas que tengo. Y siempre me he preguntado porqué es así, si no son precisamente a las que más tiempo dedico.

 

Un espacio propicio para la relación.

 

Las vacaciones cambian nuestro ritmo vital, y propician disponer de tiempo y oportunidades para relacionarnos con los otros. Lo hacemos además en un ambiente relajado, desinhibido, que invita a compartir algo más que una intrascendente charla. Quizás por eso nos encontramos a menudo compartiendo experiencias, vivencias y sentimientos que muchas veces no hemos encontrado el espacio (o el tiempo) para hacerlo durante el resto del año. Y quizás por eso también establecemos con los demás conexiones muy profundas, que van más allá de la superficialidad con la que nos relacionamos a menudo socialmente, y que alimentan verdaderas amistades.

 

Es sabido que compartir sufrimientos une, pero no es lo único. Disfrutar experiencias agradables también une. Eso si, siempre que no nos dejemos arrastrar por una incesante y desbordada actividad, y sepamos apreciar y disfrutar de la compañía de los otros. Las tertulias, las largas sobremesas, las conversaciones llenas de complicidad, todos los pequeños momentos de relación que tan difíciles nos resultan durante el año, pueden darse de forma espontánea y natural en verano, propiciando el entorno ideal para forjar íntimas relaciones.

 

La oportunidad de oro de ser yo mismo.

 

En vacaciones nos quitamos muchas máscaras. Somos, la mayoría de las veces, más nosotros que durante el año. Y esto también propicia que nuestros encuentros con los demás sean de gran valor. Atrás quedan los roles profesionales, la necesidad de quedar bien con todos, los compromisos, incluso muchas inseguridades y algún que otro complejo. Somos nosotros más que nunca, y puede ser que por eso existan los amigos de vacaciones, y al mismo tiempo el desinterés en verlos durante el año, pues en invierno no somos los mismos.

 

Las amistades de verano son de corta duración, pero pueden ser de intensa y muy profunda relación. Esto explicaría que algunos de estos fugaces amigos estén en nuestra lista de amistades más preciadas, y nos llenen tanto a pesar del esporádico contacto. Porque son, de alguna manera, nuestros espejos más nítidos, los que nos reflejan la mejor y más auténtica imagen de nosotros mismos.

 

Amistades que necesitan sus cuidados.

 

Las amistades de verano no se rompen por el hecho de no vernos durante el resto del año, simplemente hibernan. El invierno es un paréntesis en la relación, pero no implica en absoluto que se pierda. Pero que este tipo de amistades no se resientan de la larga pausa invernal, no significa que funcionen solas. Cada verano, cuando las recuperamos, tenemos que alimentarlas y mimarlas si queremos que perduren. Les tenemos que dedicar atención y tiempo. Tanto o más que a nuestras amistades de siempre.

 

Las amistades de verano se alimentan de los pequeños rituales, de las costumbres, de cosas como cenas que se repiten de año en año en fechas señaladas, o de salidas conjuntas. Siempre hay, en toda amistad, alguien que toma la iniciativa, que persigue al otro, que contribuye decisivamente a mantener la relación viva. Y las amistades de verano –aunque se limiten en el tiempo - no son una excepción. De hecho, cuanto más las cuidemos durante el tiempo en que permanecemos juntos, mejor resistirán la desconexión del invierno.

 

Amigos lugareños

 

Para aquellos que cambiamos de entorno, las vacaciones nos ofrecen también la oportunidad de crear amistades con las gentes del lugar. Es una oportunidad única de estar en contacto con la realidad del lugar que visitamos, de comprenderlo de verdad, de adquirir nuevas perspectivas y de estar en contacto con la autenticidad de otras formas de vivir y entender la vida.

 

Pero para ello es preciso respetar el fundamento básico de toda amistad, que no es otro que relacionarnos con los demás movidos por el aprecio, y no por el interés, y por el deseo de conocer, más que el deseo de que me conozcan.

 

Es una realidad que a menudo colonizamos pueblos enteros, sin respeto alguno por sus gentes o la vida de sus gentes. En muchas poblaciones, los veraneantes somos una aplastante mayoría en vacaciones, y pasamos por encima de los lugareños, que se sienten invadidos por una masa de turistas, que en algunos casos les dan de vivir, pero alteran brutalmente sus vidas y sus costumbres.

 

Cuando actuamos así perdemos grandes oportunidades. Porque entre los lugareños se esconden grandes e interesantísimas posibles amistades.

 

Reiniciar el ciclo

 

A menudo nos despedimos de nuestros amigos de verano haciendo grandes planes para seguirnos viendo, aunque estamos convencidos íntimamente de que lo que ocurrirá es que nos veremos de nuevo hasta las nuevas vacaciones.

 

Y quizás sea lo mejor. Quizás sea precisamente ésta la clave de poder mantener la fuerza de estas amistades. Porque se forjan en un ambiente de autenticidad y profundidad de relación difícilmente reproducible en nuestro día a día. Quizás hibernarlas sea en efecto la mejor manera de mantenerlas intactas, y de que no pierdan sustancia.

 

Pienso que no necesariamente deberíamos de esforzarnos por mantenerlas vivas en invierno. Porque es otro entorno, y son otras circunstancias. Y del mismo modo que la piña colada no sabe igual en una terraza de la ciudad que en la playa, las amistades de verano no saben igual en invierno.

 

Pero pienso también que sí podemos aprender individualmente de la experiencia vivida con estas amistades, y hacer que esta autenticidad conseguida en verano, esta comunicación desprovista de máscaras, sobreviva, aunque sea un poco, en el día a día del resto del año.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación