Más allá de dar las gracias.

July 29, 2010

No es lo mismo dar las gracias que agradecer de verdad las cosas. A veces, el propio gesto de decir gracias es enemigo del agradecimiento sincero. ¿Cómo podemos dar de verdad las gracias?

 

Hace un tiempo quise hacer un buen regalo a un apreciado amigo y maestro. No era tarea fácil, puesto que es una persona de gustos especiales, y yo no quería caer en el tópico de hacerle un regalo de recurso. Busqué y busqué, hasta que lo encontré. Le compré un jersey que, conociéndole, parecía hecho para él.

 

Quedamos para cenar en casa, y en la sobremesa le di mi regalo. Lo recibió con una gran sonrisa y se le iluminaron los ojos. Pero no me dijo nada. Pasamos una entrañable velada y cuando se fue, me quedé con un cierto desconcierto, pues lo cierto es que en ningún momento me había dado las gracias. Ni al recibirlo, ni al marchar. No lo mencionó en ningún momento.

 

Al cabo de unas semanas me llegó una invitación para un acto en la Universidad en el que él participaba. Como no podía ser de otro modo acudí al acto, me senté en la penúltima fila, y de repente lo ví aparecer, elegantemente vestido con el jersey que le había regalado. Me buscó con la mirada, y señalándolo, pude leer en sus labios cómo me decía “me traerá suerte”.

 

Entendí en aquel momento que estaba haciendo algo mucho más importante que darme las gracias. Me estaba haciendo sentir todo su agradecimiento.

 

Dejar de dar las gracias y empezar a agradecer.

 

Dicen las estadísticas que cada día damos las gracias más de veinte veces. Las damos cara a cara, por teléfono, por e-mail, con sms,... Muchas veces lo hacemos de forma automática, sin casi darnos cuenta. La pregunta es: ¿cuántas de estas veces somos capaces de mostrar de verdad gratitud?.

 

Hay una gran diferencia entre dar las gracias y mostrar nuestro agradecimiento. Dar las gracias es una respuesta espontánea, automática, un convencionalismo social que por educación y por cordialidad hacemos de oficio. Es una expresión que ante algo que han hecho por nosotros, cierra el círculo, pero a menudo lo cierra en falso. Porque hecho el formulismo, podemos pensar que ya hemos agradecido lo que hayan hecho por nosotros y puede que no lo hayamos hecho en absoluto.

 

¿Me hubiera servido de algo que mi amigo me hubiera dado las gracias, si un día fuese a su casa y viera el jersey que le regalé en el fondo de un armario, con la etiqueta aún colgando?.

 

Hay muchos “gracias” que saben a pura hipocresía, que uno ya descubre con sólo oírlos que no hay ni la más mínima intención de gratitud detrás. Y estos son los que deberíamos evitar a toda costa.

 

Mostrar nuestro agradecimiento va mucho más allá de pronunciar la palabra mágica “gracias”: es mostrarle a la otra persona que realmente valoramos y apreciamos lo que ha hecho por nosotros o lo que nos ha dado. Y en esto los convencionalismos no ayudan. Con la sobreutilizada expresión “gracias” no tenemos bastante, porque su utilización automática (más de veinte veces al día) la ha vaciado de contenido. Es necesario encontrar nuevas formas de mostrarle al otro el sentimiento de agradecimiento.

 

Gestos que hablan más alto y más claro que las palabras.

 

Para mostrar al otro nuestra gratitud, los pequeños detalles son mucho más eficientes que las palabras, y mucho más indicados para transmitir nuestro sentimiento. El reto es: ¿cómo podemos hacer sentir al otro que le estamos agradecidos de verdad? ¿Cómo podemos mostrarle que ocupa un pequeño espacio en nuestro corazón y en nuestro pensamiento?.

 

Es imprescindible pensar en gestos que, conectados con aquello que hemos recibido, lleguen al otro. A mi alrededor he podido vivir algunos que han tenido o tuvieron en su día un potente efecto:

 

- Un amigo ayudó a su hermana a conseguir una entrevista que le proporcionó un buen empleo. El primer correo que su hermana envió desde su nuevo puesto –y por tanto con la firma de la empresa- fue para él. Y no contenía la palabra gracias.

 

- Mi padre ayudó a un amigo pescador en la reparación de su barca. Cuando llegó a casa se encontró encima del mármol de la cocina un precioso y recién pescado mero.

 

- A un buen amigo le regalamos entre todos un reloj de montañismo. Recibimos todos una fotografía de él en el Monte Perdido, con su muñeca (y el reloj) desproporcionadamente en primer plano.

 

¿Hacemos las cosas para que nos den las gracias?

 

Recibir el agradecimiento por algo que hemos hecho es sin duda agradable, y es bueno que lo disfrutemos. Pero no debemos necesariamente contar con ello, y sobretodo no debemos depender de ello.

 

Si dependemos de los agradecimientos de los demás, nos exponemos a constantes frustraciones. Dijo Dale Carnegie que “esperar gratitud de la gente es desconocer la naturaleza humana”. Yo no iría en absoluto tan lejos, pues creo que la gente, en esencia, es agradecida. Pero si es cierto que no todos lo son, y que los que lo son no lo son siempre.

 

Hay gente que hace favores a los demás para que le den las gracias. Es su alimento emocional, lo que le llena y le da energía. Y claro, cuando no lo reciben se indignan: ¿cómo puede ser que no me den las gracias?.

 

Estos comportamientos son un claro signo de dependencia: aquellos que actúan así necesitan y dependen del agradecimiento de los demás, cosa que inevitablemente les acarreará problemas. Deberíamos preguntarnos: ¿Por qué hacemos un favor? ¿porqué así lo sentimos y está en nuestra forma de ser, o porque esperamos con ello obtener el reconocimiento de los otros?

 

Si lo hacemos por convicción, no debemos esperar la gratitud del otro. Si llega, la recibiremos con ilusión. Si no lo hay, nos reconfortará la sensación de que hemos hecho exactamente lo que queríamos hacer, porque no esperábamos nada por ello.

 

Mensajes de “gracias”.

 

Hay en la red una discusión abierta acerca de la conveniencia o no de responder los mensajes con un nuevo mensaje de “gracias”. Las estadísticas son contundentes e inapelables: se generan billones de correos electrónicos y sms adicionales, se pierden miles de horas laborales abriendo y gestionando estos correos, y se colapsan bandejas de entrada del correo personal y hasta servidores. Todo ello es cierto a nivel global, pero no menos cierto es que a nivel individual, cada mensaje de gratitud es, si está bien expresado, no sólo necesario sino extremadamente valioso para mantener las relacines.

 

Lo siento por mis amigos, conocidos y contactos, puesto que seguirán recibiendo mis correos de gracias. Los haré escuetos, lo prometo. Lo pondré bien claro en la casilla de “asunto” para que no haya dudas... y me los trabajaré para que incorporen de verdad pinceladas de agradecimiento. Pero los enviaré, y les animo, a pesar de todo, a hacer lo mismo.

 

Porque las estadísticas son fríos datos, y las emociones no conocen de razones.

 

¿Cuántos agradecimientos debemos?

 

Muchos de nosotros raramente dejamos de dar las gracias, pero muy frecuentemente nos saltamos el agradecimiento. Busquemos a nuestro alrededor quien ha hecho recientemente algo por nosotros que ha sido importante. Y busquemos una forma creativa de mostrarle nuestro agradecimiento. Hagámoslo por ellos, pero también por nosotros. Porque agradecer es a menudo tan gratificante como recibir.

 

Con estos gestos, vayamos saldando la deuda de tantos años en los que nos hemos limitado a dar tantos y tan educados ¡Gracias!.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación