¿Compañeros o amigos?

December 24, 2010

En el trabajo, ¿Confundimos confianza con amistad? ¿Se confunden los demás y toman nuestra confianza por amistad? ¿Dónde ponemos los límites?

 

Hace algunos meses, realicé un taller de comunicación interpersonal en una empresa en la que sus directivos se quejaban de que las relaciones entre los empleados no acababan de funcionar. Mis alumnos eran un grupo que llevaban entre dos y cinco años trabajando juntos.

 

Como parte del taller, les propuse un pequeño ejercicio para fomentar la apertura de los participantes hacia los demás. En concreto, les pedí que escribieran en un papel algún detalle personal sobre ellos que tuvieran la certeza de que los demás no conocían. La intención era leer cada uno de los papeles en público, y pedir al grupo que acertara quien lo había escrito.

 

Recogí los papeles, y pensé que no me había explicado bien, porque en ellos habían escritas cosas obvias como “tengo un hijo”, “estoy separado”, o “he estudiado ingeniería”. Sin embargo, la verdadera sorpresa vino cuando al leerlos, todo y contener datos muy básicos de los participantes, fueron absolutamente incapaces de acertar a quien correspondía cada afirmación.

 

Comenté mis impresiones con el grupo, diciéndoles que me sorprendía el bajo nivel de conocimiento que tenían los unos de los otros en lo que se refiere a sus vidas personales, y uno de los participantes, visiblemente enojado, me espetó: “perdona, pero yo no vengo al trabajo a hacer amigos”.

 

Entenderse sin gustarse.

 

Ser buenos compañeros de trabajo, implica que nos tenemos confianza, o dicho de otro modo, que nos entendemos. En cambio ser buenos amigos es un estadio diferente. Implica la existencia de un sentimiento mutuo, que se traduce en que nos gustamos.

 

Desde esta óptica, la confianza no está necesariamente ligada a la amistad. Es evidente que no hay amistad sin confianza, pero debería ser también evidente que puede haber mucha confianza sin amistad. Porque que haya confianza entre dos personas no quiere decir que se gustan. Quiere decir que se entienden. Quiere decir que cada uno puede confiar en que el otro mantendrá los compromisos que haya adquirido, o que no dejará al otro en la estacada. Quiere decir que cada uno de ellos hará lo mejor para el otro, con independencia de lo que sientan el uno por el otro. Personalmente he visto y he experimentado en propia piel muchas relaciones laborales de absoluta confianza, sin que hubiera ningún sentimiento de amistad de por medio. He visto personas que actuaban con total confianza entre ellas, y que difícilmente compartirían una cena privada. Y he experimentado el entenderme perfectamente con algunos compañeros, con los que no he sentido jamás el impulso de compartir una copa juntos.

 

De alguna manera, la amistad es un sentimiento que está por encima de la confianza, y que surge de manera natural en una relación cuando las personas, como suele decirse, tienen química. Pero no es necesario que exista para tejer una maravillosa y fructífera relación de compañerismo.

 

Así, en las relaciones laborales, la amistad es una elección, mientras que la confianza debería ser una obligación, o al menos deberíamos perseguirla a toda costa, porque es la que propicia un buen compañerismo.

 

Mezclar trabajo y vida privada.

 

Muchas personas establecen una clara separación entre vida profesional y vida privada, no compartiendo nada personal con sus compañeros de trabajo. Actúan bajo la convicción de que no se puede ni se debe mezclar nunca la vida privada y el trabajo.

 

Pero la realidad es que cada uno de nosotros somos una única persona, estemos trabajando o estemos en nuestra casa, y por mucho que queramos no podemos disociarnos a no ser que sea a costa de encerrarnos en nosotros mismos de una forma antinatural. Lo queramos o no, lo que nos ocurre en casa afecta al trabajo, y lo que nos ocurre en el trabajo nos afecta en casa. No podemos funcionar en uno y otro ámbito como si se tratara de comportamientos estancos. Si hoy no he dormido por un problema con mi hijo, mañana en el trabajo los demás lo notarán y no podré evitarlo.

 

Es cierto que podemos, y en muchos casos será aconsejable, limitar los efectos de los problemas personales en el trabajo, o de los problemas laborales en casa. Es cierto también que podemos utilizar el trabajo para evadirnos de problemas personales. Pero trabajo y vida privada acaban siendo necesariamente vasos comunicantes, y lo que ocurre en un ámbito afecta al otro sin remedio.

 

Por ello es bueno y deseable que, entre compañeros, nos conozcamos a nivel personal, y seamos capaces de compartir aquella información que nos puede ayudar o que puede explicar determinados comportamientos de unos y otros. Es bueno conocer las circunstancias personales que rodean a nuestros compañeros, para poder actuar en consecuencia, y echar una mano cuando se necesita, o compartir una alegría cuando sea el caso. No conocer personalmente a los demás nos expone a cometer grandes errores de interpretación, y sobretodo nos impide tejer una relación de confianza que nos permita ser buenos compañeros.

 

Actuar por confianza o actuar por amistad.

 

En una relación sana de compañerismo, mi comportamiento debe guiarse por un principio fundamental: estimar a todos sin excepción. Chris Lowney lo expresa afirmando que “las organizaciones (...) dan lo mejor de si cuando los miembros del grupo se respetan, se estiman y se valoran”. Pero cuando habla de estimar no esta hablando de amor-sentimiento, sino que esta hablando de amor-comportamiento, es decir, de hacer por los demás lo que más les pueda convenir.

 

El sentimiento surge de forma natural en una relación, pero el comportamiento es siempre materia de elección, y nosotros deberíamos elegir hacer por cada compañero lo que más le pueda ayudar, independientemente de lo bien o mal que nos caiga o lo que sintamos por él.

 

Pero la realidad es que demasiado a menudo no nos guiamos por este principio, sino que actuamos guiados por la amistad: asignamos proyectos a los que nos caen mejor, tenemos detalles con los que nos caen mejor, y favorecemos –con mayor o menor consciencia- a los que nos caen mejor.

 

Esta forma de actuar no ayuda a crecer a los que no son nuestros amigos, sino más bien todo lo contrario, hace que se estanquen por falta de oportunidades y por poca atención por nuestra parte.

 

Si por ejemplo tenemos la potestad de decidir sobre un proyecto, deberíamos hacer participar a aquellos a quienes más les conviene para su desarrollo profesional, no a aquellos con los que nos lo pasaremos mejor trabajando. Si lo hacemos así, esto marcará la pauta de hasta qué nivel estamos dispuestos a crear confianza con aquellos con quien no nos une la amistad.

 

Actuar sin favoritismos de amistad nos hará más dignos de la confianza entre los compañeros, y además, propiciará nuevas relaciones, ya que es más fácil traducir nuestras acciones en sentimientos, que traducir nuestros sentimientos en acciones.

 

El riesgo de que se confundan...

 

Es cierto que entre aquellos con quienes compartimos amistad, habrán algunos que en un momento dado pueden pensar que son merecedores de nuestros favores, y pueden vivir con desconcierto una decisión que beneficie a un compañero –que no amigo- en lugar de a ellos.

 

No debemos cesar en nuestros esfuerzos por clarificar y hacerles entender la situación: todos los compañeros sin excepción son merecedores y pueden gozar de nuestra confianza, y algunos cuentan además con nuestra amistad. Pero nuestro comportamiento profesional se guía por la confianza, no por la amistad.

Please reload

Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación