¡Soy invisible!

September 26, 2011

En las empresas, en las familias, en los grupos... hay personas que parece que no existan. ¿Las hacemos invisibles?

 

Un Consejero de un gobierno autonómico fue a una inauguración, y como suele ocurrir en estos casos, a su llegada se encontró con un grupo de empresarios que le esperaban. Tras salir de su automóvil, los fue saludando uno por uno, al tiempo que cada uno de ellos se presentaba indicando su nombre y el nombre de la empresa a la que representaba. Al llegar a la última persona del grupo, el Consejero le dio la mano, y con semblante interrogativo esperó a que se presentase. Visiblemente turbada, la persona en cuestión le dijo “Consejero, soy su asistente de prensa. Lo acompaño a los actos este fin de semana”.

 

La anécdota no tendría mayor trascendencia si no fuera por el hecho de que el asistente de prensa no era nuevo: llevaba casi dos años trabajando para el Consejero.

 

Personas a las que hacemos “invisibles”.

 

Todos tenemos a nuestro alrededor gente invisible: son personas que están allí, que existen, pero que nos pasan totalmente desapercibidas o simplemente ignoramos su presencia.

 

Son personas con las que no hablamos, con las que no contamos, que no sabríamos decir si estaban o no estaban en un determinado evento, o que nos olvidamos de citar cuando rememoramos un proyecto, una cena o un encuentro.

 

Nos ocurre con personas del trabajo, pero también con amigos, o incluso con la propia familia. Son nuestros invisibles.

 

Todos tenemos nuestra particular lista, que podríamos fácilmente confeccionar si nos paramos a pensar en ello. Y deberíamos hacerlo, tomar consciencia de que la tenemos, por las implicaciones que tiene para las personas que figuran en ella.

 

Tenemos en esta lista y en primer lugar las personas a las que nosotros hemos hecho invisibles. Son personas a las que, muy a su pesar, no prestamos ninguna atención. Pasamos por su lado sin saludarlas, no contamos con ellas para nuestros proyectos, no sabemos con exactitud lo que hacen y mucho menos quienes son. Nos las descuidamos en nuestras invitaciones, o nos olvidamos de ponerlas en copia en nuestros correos.

 

Ellas no han elegido ser invisibles, pero nuestro comportamiento las hace sentir como tales, y es importante saber que tiene sus consecuencias tanto para la persona como para nuestra relación con ella.

 

En el plano personal, la persona invisible puede ver gravemente afectada su autoestima (los invisibles, especialmente en los grupos escolares, lo pasan muy mal). Y a nivel relacional, ignorar a alguien es un mensaje muy claro: no nos importa. Como reza el dicho, la peor ofensa es la ignorancia.

 

Es cierto que la mayoría de las veces no hacemos a la gente invisible de forma deliberada y consciente. Lo hacemos sin darnos cuenta, a menudo simplemente porque obviamos aquella comunicación de cortesía que tiene como misión reconocer la presencia de los otros; así, no saludar por la mañana, o no decir adiós cuando marchamos por la tarde, contribuye a generar la invisibilidad de la gente que nos rodea. La comunicación de cortesía está en horas bajas, y nos la saltamos a menudo, justificándolo con las prisas, o con la concentración en nuestros asuntos, pero el hecho real es que estamos ignorando a personas que tenemos a nuestro alrededor.

 

También es cierto que hay personas que se hacen más invisibles que otras a los ojos de los demás, porque son discretas, porque no les gusta llamar la atención ni aparecer en la foto. Puede ser una actitud absolutamente consciente y deseada, pero puede también esconder una cierta inseguridad personal o baja autoestima. Si éste es el caso, ayudarlas a estar presentes, a ser visibles, será fundamental. Dirigirse a ellas directamente, haciéndoles ver que han captado nuestra atención les ayudará.

 

Pasar desapercibido a los ojos de los demás puede vivirse mal. Al fin y al cabo, como afirmaba Maer West, “Es mejor ser examinado que ignorado”.

 

Personas que se hacen “invisibles”.

 

Hay gente a la que –generalmente de forma involuntaria- hacemos invisible. Pero en nuestra lista de invisibles tendremos también una serie de personas que tienen una habilidad especial para desaparecer en el momento oportuno, para hacerse ellas deliberadamente invisibles. Son estas personas que cuando hay un problema, cuando hay que arrimar el hombro, desaparecen del mapa sin que quede rastro de ellas.

 

Lo hacen para ahorrarse trabajo o disgustos, desarrollando una habilidad especial para escabullirse de los problemas. Mi generación aprendió la técnica en la “mili”, en dónde lo mejor que podía pasarte es que no existieras a los ojos de nadie, especialmente de los mandos.

 

Son personas capaces de ocupar un lugar de trabajo sin que nadie sepa a ciencia cierta qué es lo que hacen, y lo que es todavía más sorprendente: sin que nadie se lo pregunte. Son maestros en el arte de fingir estar ocupados, y de eludir las responsabilidades. En todos estos casos nuestra actuación consistirá en no hacerles el juego, en no ponerles las cosas fáciles, y por tanto en resaltar su presencia siempre que sea posible.

 

Y finalmente hay también puestos de trabajo tendentes a la invisibilidad. En este caso no son las personas que los ocupan los que se hagan invisibles sino que por la naturaleza de su tarea, tendemos a hacerlos invisibles entre todos. Sugiero al lector que realice una prueba: que vaya a un edificio de oficinas a la hora de entrada o de salida, que se siente en algún rincón en el que tenga el conserje a la vista, y que observe qué porcentaje de los atareados oficinistas que entran o salen y que pasan a un palmo de él le dirigen un saludo o simplemente le dirigen un mínimo gesto que confirme que han percibido su presencia.

 

También es destacable cómo se llega a sorprender aquella persona a la que saludamos de forma ostensible y hace horas que nadie lo hace o está acostumbrada a que nadie lo haga normalmente. (Pruebe a saludar a un guarda de seguridad de unos grandes almacenes: tardará en reaccionar por su sorpresa).

 

Acortando la lista

 

Nadie merece, ni por accidente, nuestra ignorancia, así que será bueno revisar de vez en cuando la lista e intentar acortarla, que tienda a cero. Porque la gente a la que hacemos invisible lo pasa mal. Y de la que se hace la invisible debemos evitar ser cómplices.

 

¿Cómo lo podemos hacer? En primer lugar recuperando y multiplicando aquella comunicación que reconoce la presencia de los otros. No hacen falta grandes conversaciones ni mucho tiempo: sencillamente saludar, sonreír, mirar a los ojos... y no andar por el mundo ajeno a las personas que nos rodean. Si nos cruzamos por la mañana saludémonos siempre y hagámoslo de forma sincera. Prestemos atención a los seres humanos que tenemos a nuestro alrededor. Es sin duda cierto que es más fácil responder a un saludo que hacerlo, así que este es nuestro reto: llevar la iniciativa.

 

En este sentido nos ayudan los ipods, los móviles, o andar por los pasillos leyendo correos. La tecnología, que tanto nos conecta aparentemente, nos está en este aspecto aislando.

 

Hemos de reservarnos el tiempo y la capacidad de atención para dar a los demás el mensaje “se que existes”. Hagamos del extendido comportamiento de ignorar a los otros porque tenemos prisa o porqué estamos concentrados en lo nuestro la excepción, no la norma.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación