Pánico Escénico

August 30, 2012

En el trabajo y también en nuestra vida particular, a veces nos toca hablar en público. Y súbitamente sentimos un pánico que nos paraliza. ¿Podemos superarlo?

 

No se quien lo estaba pasando peor, si ella, en el escenario, incapaz de articular una sola palabra, o todos los que la observábamos.

 

Ocurrió en una agradable velada organizada para conmemorar el aniversario de una Asociación. Nos conocíamos prácticamente todos, y se trataba de un encuentro casi familiar. Tras un buen rato de conversaciones informales, y por aclamación popular, pedimos a la anfitriona que nos dedicase unas palabras. Siempre lo hacía, y disfrutábamos de su ironía y simpatía.

 

Se situó en el centro de la escena, y nos dedicó una sonrisa de circunstancias que no auguraba nada bueno. Empezó a titubear, y no fue capaz de arrancar. Se había quedado con la mente en blanco. Le dirigimos miradas de ánimo, de complicidad, intentando transmitirle que no pasaba nada, que estábamos con ella, pero como más nos miraba, más se hundía en su pánico.

 

Alguien salió al rescate con una frase ocurrente, y entre espontáneos aplausos, y comentarios improvisados, la sacamos del atolladero. Más tarde nos confesó que no entendía que le había ocurrido, y que había pasado uno de los peores momentos de su vida.

 

Muchos hemos sentido el azote del pánico escénico en algún momento. En el trabajo o en nuestra vida particular. En una presentación formal o en una fiesta familiar. A veces cuando menos lo esperábamos (yo participo habitualmente como orador en grandes foros, y sentí el pánico más profundo al dirigir unas palabras a un grupo de recién licenciados en su graduación, algo que en teoría no debería de haberme inquietado lo más mínimo).

 

Y para algunos, el pánico se ha quedado instalado en su interior para siempre, haciendo de cada ocasión en la que se han de dirigir al público una amarga experiencia.

 

El pánico escénico se puede trabajar, no tenemos porqué aceptarlo como “un mal inevitable”, y para ello nos será de utilidad distinguir entre distintos tipos de miedo escénico que tienen distintas raíces y por tanto distinto abordaje.

 

Pánico puntual

 

El cerebro humano empieza a funcionar en el momento en que naces, y nunca para hasta que te levantas para hablar en público.

Sir George Jessen

 

Hay un pánico escénico natural, inevitable hasta cierto punto, que es aquel que sentimos en el instante en que nos nombran para que tomemos la palabra. Procede del hecho que nuestro organismo, cuando tiene que abordar una situación compleja (de tensión, de riesgo o una situación comprometida), se pone en alerta liberando adrenalina al torrente sanguíneo. Pero la adrenalina, además de poner nuestros sentidos en alerta, lo que hace es generarnos taquicardia, sudoración, y otras manifestaciones de inquietud, que nos impiden empezar serenamente nuestra intervención.

 

La clave para que este pánico puntual no vaya a más está en entender que es un proceso natural, que dura muy poco tiempo, porque nuestro organismo enseguida se autorregula. Pero si en el momento álgido en que sentimos estas manifestaciones físicas, empezamos a ponernos nerviosos y a sufrir, vamos a retroalimentar el proceso, provocando una nueva liberación de adrenalina, y haciendo que estemos sobre estimulados todo el tiempo, y que tengamos pocas probabilidades de hacerlo bien.

 

Cuando sentimos la aceleración del pulso, o cualquiera de las primeras manifestaciones de inquietud, tenemos un mensaje que darnos: “enseguida pasará”. Así es como lograremos que nuestro organismo se autorregule, y recuperemos la normalidad.

 

Pánico autogenerado

 

En realidad el ahogamiento se debe a un error mental concreto: pensar demasiado.

Jonah Lehrer

 

Hay otro tipo de pánico escénico que procede directamente del sabotaje de nuestra mente: Ante una inminente intervención, si en vez de confiar en nuestra preparación y nuestras habilidades empezamos a pensar en cómo lo vamos a hacer, entraremos en una espiral de pensamiento racional que acabará secuestrando nuestra mente y anulando nuestra habilidad natural para hacerlo bien.

 

Jonah Lehrer lo describe con la expresión “ahogarse con el pensamiento”. Nos dice que hay una voz interior muy negativa que nos debilita, de forma que nos acaba saboteando. Cuenta que este ahogamiento normalmente se atribuye a un exceso de emoción cuando en realidad se debe a un exceso de pensamiento.

 

Cuando empezamos a pensar en cómo tenemos que empezar, cómo tenemos que gesticular, en cómo nos saldrá, en qué frase ponemos delante de qué otra frase, y todo esto lo hacemos justo antes de empezar, estamos sentando las bases para caer en este sabotaje mental. Y si cuando empezamos a hablar ante los demás, en lugar de concentrarnos en lo que estamos diciendo empezamos a evaluar y juzgar cómo lo hacemos, caemos también en el mismo error, ya que nuestra mente está más pendiente del juicio a nosotros mismos que de lo que estamos intentando explicar.

 

La solución a todo ello no es otra que confiar en las capacidades ya entrenadas, en que sabemos hacerlo y podemos hacerlo, y los diez minutos antes tenemos que hacer algo imprescindible: no pensar en absoluto en nuestra presentación. 

 

Pánico instalado

 

Hay un tercer pánico escénico de base que podemos identificar porque ante la sola posibilidad de tener que hablar en público, sea dentro de tres días, o de tres semanas, ya lo sentimos. No es un pánico del momento, sino que lo llevamos dentro.

 

Este pánico escénico procede generalmente de una mala experiencia: un día tuvimos que dirigirnos a los demás, oímos nuestro nombre, sentimos pánico, se nos aceleró el corazón, se nos secó la garganta, y nos quedamos en blanco. Y esta secuencia se ha grabado en nuestro cerebro de forma indeleble de manera que es la rutina que ejecuta cada vez que tenemos que hacer una nueva intervención.

 

¿Cómo podemos anular esta programación errónea? La forma más eficiente consiste en sustituirla por una programación que nos ayude: oímos nuestro nombre, salimos tranquilamente a escena, empezamos a hablar, la gente responde con complicidad, mantenemos la serenidad en todo momento y hacemos una buena intervención.

 

Esto es lo que queremos que pase, y esto es lo que queremos grabar en nuestro cerebro. Y aquí interviene un factor fundamental, y es el hecho de que nuestro cerebro aprende tanto de las experiencias vividas como de su simulación. Así pues, no hace falta vivir una buena experiencia de presentación. Es suficiente con imaginarla. A través de ejercicios de visualización, que podemos realizar tranquilamente en nuestra casa, podemos hacer esta reprogramación.

 

Y en cualquier caso, practicar.

 

Hay una mesura que actúa frente al pánico escénico sea de la naturaleza que sea: la práctica. Nunca nuestra primera intervención será especialmente buena, pero seguro que sí lo será la que hace cien. Podemos empezar a practicar en situaciones de riesgo controlado, e ir saliendo progresivamente de nuestra zona segura. Practicar es sin duda, y sea cual sea el pánico que sintamos, una terapia que nunca falla.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación