"No quiero ser una carga"

April 21, 2014

La familia de Jorge veranea en un pequeño apartamento cerca del mar en la isla de Menorca. Comparten jardín con la gran casa familiar que construyó su padre hace unos años, y que desde que éste murió ocupa su madre. Ésta suele tener la compañía de alguno de los demás hijos, que por turnos pasan unos días con ella.

 

La convivencia familiar es excelente: cada mañana Jorge cruza el jardín para tomar el primer café en casa de su madre, y a menudo se juntan para comer o cenar en la pérgola del jardín.

 

El pasado verano, la madre de Jorge, deteriorada por la edad, tuvo dos caídas. Jorge se dio cuenta de que no podía seguir viviendo sola.

 

En los días de espera hasta la llegada de uno de los hermanos, Jorge decidió que sus hijas se turnaran para dormir en casa de la abuela y hacerle compañía. Una noche, cenando en el jardín, las hijas de Jorge se enzarzaron en una discusión por quién debía de ir a dormir a casa de la abuela y a qué hora. No cuestionaban el hecho en si de tener que ir, si no la hora a la que debían hacerlo, ya que implicaba salir antes hasta más o menos tarde. La intervención en la discusión de Jorge no hizo más que empeorar las cosas, provocando incluso el llanto de una de ellas.

 

Inadvertidamente por todos, la madre de Jorge había aparecido en el jardín, y asistió discretamente a una buena parte de la discusión. Jorge reparó en ella en un momento dado, pero lejos de dar la conversación por zanjada continuó con la acalorada discusión. Su madre, sin decir nada, se retiró discretamente.

 

A la mañana siguiente, y antes de ir a tomar el primer café a su casa, Jorge recibió la visita de su madre. Con un triste brillo en los ojos le dijo: “por favor, hijo, dile a las niñas que no hace falta que vengan a dormir esta noche ni las próximas hasta que llegue tu hermana. He pedido a una amiga que venga a dormir a casa conmigo estos días”.

 

Jorge se quedó helado. En aquel momento cayó en la cuenta de el daño que había provocado la discusión del día anterior. La intentó disuadir. Le explicó que la discusión no tenía nada que ver con el hecho de ir o no a dormir a su casa, si no que era una lucha de adolescentes por el horario de salida nocturna. Pero como más explicaciones le daba, más desarmado se sentía viendo la tristeza en el rostro de su madre. Ésta, con voz temblorosa, le aceptó las explicaciones, y le prometió avisar a su amiga de que no fuera. Pero con un hilo de voz le dijo: “sabes, me doy cuenta de que pierdo facultades. Y último que quiero es ser ni para vosotros ni para nadie una carga”.

 

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Esta es una historia de puro plomo en la balanza emocional entre Jorge y su madre. En esta metafórica balanza que rige todas nuestras relaciones, la falta de sensibilidad de Jorge teniendo la discusión con sus hijas en presencia de su madre supone un aporte emocional muy negativo en su relación con su madre.

 

Puede que sea un aporte de plomo algo accidental, pero es de gran peso, y por tanto difícil de compensar. Un aporte de plomo que tiene dos componentes: el hecho de presenciar la discusión, y el fondo que esta discusión esconde.

 

Respecto al primer punto, lo cierto es que la madre de Jorge no debiera de haber presenciado jamás aquella discusión, que sólo podía interpretar como causada por ella. Y no la debiera de haber presenciado porque fue imprudente tenerla allí, y fue negligente no haberla sabido cortar de raíz ante su presencia. Jorge todavía hoy se pregunta por qué no fue capaz de parar en seco la discusión cuando vio a su madre. Y la explicación no puede ser otra que cuando estamos tan metido en una discusión, estamos tan cogidos por nuestras propias emociones, que perdemos la consciencia lo que ocurre a nuestro alrededor. Estamos metidos en un torbellino emocional, y no somos capaces de salir de él un instante, evaluar la situación, y darnos cuenta que hay que parar, que lo que se diga quedará dicho, y no será arreglable. Estamos momentáneamente gobernados por un “piloto automático” que nos desconecta de la razón.

 

Y respecto al fondo que esta discusión esconde, confrontar a las personas mayores con sus vulnerabilidades y sus limitaciones es plomo puro. Por que el deterioro que sufren es un camino sin retorno, y es recordarles a la cara que tarde o temprano van a ser necesariamente una carga.

 

En nuestra relación con las personas mayores que pierden facultades rechazamos una realidad natural, y con ello les hacemos sentir terriblemente mal. Tenemos miedo de lo que nos viene, y esto nos hace especialmente torpes en la relación. Dejamos de ver las encantadoras virtudes de nuestros mayores para ver sólo los problemas que potencialmente nos vienen encima.

 

La madre de Jorge recibía un poquito de oro cada mañana, en forma de las visitas para tomar el primer café de su hijo. Y también de sus nietas cada tarde, cuando después de comer iban a jugar a las cartas. Pero la desafortunada discusión había puesto mucho plomo, y un plomo difícil de compensar, porque evidenciaba algo irremediable.

 

Aquel fue el último verano de la madre de Jorge, ya que murió súbitamente a principios de otoño. Y Jorge nunca dejará de pensar que en el fondo se fue en el momento preciso, porque si algo no quería era ser una carga para los demás.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación