El mejor regalo

May 21, 2014

Carlos y Susana conocieron a Rita y Josep hace cuatro años, en una cena de padres de la escuela en la que estudian sus respectivos pequeños. Rita y Josep volvían de una estancia de tres años en Mozambique, donde trabajaban en un proyecto de cooperación. Enseguida surgió química entre ellos, y tras aquella primera cena, ambas parejas buscaron nuevas ocasiones para verse. En relativamente poco tiempo fueron capaces de forjar una franca amistad.

 

La generosidad de Rita y Josep estaba siempre muy presente, organizando cenas en su casa, y acogiendo a Carlos y Susana algunos fines de semana. Los dos últimos años coincidieron en verano en la isla de Mallorca, y ambas familias pasaron mucho tiempo juntas. Los hijos mayores de Carlos y Susana participaban también de aquella amistad.

 

Hace unos meses Rita recibió una nueva oferta para volver a Mozambique a trabajar. Tras debatirlo con Josep, valoraron que era una magnífica oportunidad profesional, y decidieron aceptarla. Ello significaba trasladarse toda la familia a Maputo, por un par de años como mínimo.

 

Tras compartir la última semana de verano con Carlos y Susana, Rita y Josep les comunicaron su decisión de marchar. Aunque Carlos y Susana se alegraron por ellos, no pudieron dejar de sentir una punzada de tristeza por la pérdida momentánea de su relación.

 

A principios de Septiembre empezó para Rita y Josep una auténtica maratón de un mes para organizar el traslado, despedirse de todos, y organizar su nueva vida en África. A finales de mes organizaron una gran despedida con todos sus amigos y conocidos.

 

Dos días después de la fiesta organizaron una cena informal con la familia de Carlos y Susana. Tenían la sensación de que necesitaban una despedida más íntima y personal. En mitad de la cena, y en mitad de una animada y humorística charla, Rita pidió un momento de silencio y dijo:

 

“¿Sabéis? Estos días he pensado mucho en los cuatro años que hemos pasado aquí en Barcelona. Y tengo claro que hemos tenido un gran regalo: vuestra familia. Habéis sido nuestro gran regalo en esta etapa”.

 

Fueron unas palabras emocionantes, impactantes. Carlos y Susana no supieron muy bien cómo reaccionar, pero les llegaron muy dentro.

 

La noche anterior a la marcha de Rita y Josep, Carlos y Susana los tenían muy presentes. En un puro impulso cogieron la moto y se presentaron en su casa. Los encontraron liados, haciendo los últimos preparativos. Pero toda la actividad se interrumpió para poder compartir un cálido, largo y sentido abrazo.

 

 

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Tener el valor de decir las cosas que nos unen a los demás es una gran aportación en forma de oro a la Balanza Emocional, esa metafórica balanza que marca el pulso de nuestras relaciones. Tener la fuerza de decir lo que sentimos, sin rodeos ni subterfugios, con toda la intensidad del sentimiento, es de enorme valor en toda relación.

 

En general, nos cuesta decir las cosas malas, y es algo muy normal. No encontramos el momento oportuno o sencillamente no sabemos cómo afrontarlo. Pero lo curioso es que nos cuesta también decir las cosas buenas, y esto ya no debería de ser tan normal. Tenemos una especie de pudor para decirles a los demás lo que nos gusta de ellos, las cosas buenas que pasan entre nosotros. La mayoría de las veces lo damos por sobreentendido, y perdemos magníficas oportunidades de cargar de oro la Balanza Emocional.

 

Nos cuesta decir las cosas positivas, y curiosamente nos cuesta también aceptarlas. Muchas veces, ante un comentario halagador, nos quedamos desconcertados, o nos da por responder con evasivas, sea manifestando que no lo merecemos, o utilizando el humor como cortina de humo. Nos cuesta recibir el halago con toda su belleza, y dejar simplemente que penetre dentro de nosotros.

 

Es un termómetro muy fiable de nuestra seguridad personal el valor y la capacidad de decir las cosas buenas; y lo es también la capacidad de aceptarlas cuando nos llegan de los demás. Compartir nuestros sentimientos, y recibir los de los demás de forma natural y auténtica es sin duda prueba de seguridad.

 

En la historia descrita, Rita se daba cuenta de que la velada avanzaba sin haberles transmitido a Carlos y Susana su mensaje, y no dudó en interrumpir la conversación para expresar lo que quería expresar. No se lo quedó dentro, como muchas veces hacemos. Y la Balanza Emocional de su relación con ellos recibió mucho oro. Ellos por su parte no fueron rápidos de reacción. Lo inesperado de la declaración de Rita no les permitió dar una respuesta a la altura. El imprescindible abrazo en el día de la partida fue su respuesta, la asignatura pendiente que cerraba el círculo.

 

Tenemos que encontrar el valor para decir las cosas que sentimos, especialmente las buenas. Porque nunca sabemos cuándo tendremos una nueva oportunidad, y porque dejarlas por sobreentendidas es un riesgo. Nadie puede interpretar nuestros sentimientos mejor que nosotros. Y por tanto no hay mejor forma de que los demás sepan exactamente lo que sentimos que decírselo explícitamente.

 

Y porque como siempre ocurre en comunicación, nuestras actitudes son contagiosas; si compartimos lo que sentimos, los demás tenderán a hacerlo con nosotros. Si comunicamos a los demás lo que nos gusta de ellos, ellos sentirán el estímulos de hacer lo mismo. Conseguiremos con ello retroalimentar un círculo que alimenta de oro la Balanza Emocional, y que sólo puede hacer que hacer crecer nuestras relaciones.

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Ferran Ramon-Cortés | Habilidades de Comunicación